La guerra secreta contra el condón
Hace tres mil años, una pareja de amantes egipcios experimentó con una bolsita de lino y fabricó el primer preservativo conocido. Algunos todavía no han superado el trauma.
No sólo las clases dominantes de América Latina y la iglesia romana abominan de la “camisinha”, que le dicen en Brasil, de látex. Los fundamentalistas de derecha en Estados Unidos también.
En estos últimos años, varios grupos conservadores que apoyan al presidente George W. Bush han declarado la guerra al preservativo. Han lanzado una campaña pavorosa que, de tener éxito, podría tener como consecuencia la muerte por sida de millones de personas en el mundo.
Me percaté de esta campaña el año pasado, cuando empecé a recibir por correo electrónico mensajes de cristianos evangélicos que insistían en que los condones tienen poros de unos 10 micrones de diámetro, mientras que el virus del sida mide apenas un décimo de micrón.
La afirmación es una falsedad científica –los microscopios electrónicos no han hallado tales poros–, pero la campaña de desinformación resulta ser un tiro de largo alcance para desacreditar los preservativos, acallar toda referencia a ellos en las escuelas y desalentar su uso en otros países.
“El único anticonceptivo permanente absolutamente garantizado es la castración”, sugieren, con espíritu servicial, en un sitio católico en Internet. (Hmmm... tú vas primero).
Luego están las cuñas radiofónicas en Texas: “Los preservativos no protegerán a la gente contra muchas infecciones de transmisión sexual”. Un informe de Human Rights Watch cita esta declaración de un funcionario escolar de ese mismo estado: “No discutimos el uso del preservativo, salvo para decir que los condones no sirven”.
Estoy totalmente a favor de que se enseñe la abstinencia, y existen algunas evidencias de que su promoción ayuda a retardar y reducir el contacto sexual tanto en Estados Unidos como en el extranjero. Pero la gente joven ha fornicado diligentemente desde que se inventó el sexo (en 1963, según el poeta Philip Larkin), y desacreditar el preservativo tiene probabilidades de desalentar su uso, pero no las relaciones sexuales. El resultado para los jóvenes estadounidenses será más gonorrea y sida y en el extranjero muchas más muerte.
Hasta ahora el presidente Bush no ha adherido plenamente a la campaña contra los condones, pero hay señales alarmantes de que se está subiendo al tren. En diciembre pasado, durante una conferencia internacional en Bangkok, funcionarios estadounidenses exigieron la supresión de una referencia al “uso consistente del preservativo” para combatir el VIH/sida y las ETS (enfermedades de transmisión sexual). ¿Qué defiende, entonces, este gobierno? ¿Su uso intermitente?
Luego vino la cabriola del Condón, en el sitio de los Centros para control y prevención de enfermedades: en julio del 2001 quitaron una página con datos concretos sobre el condón y luego la reemplazaron por otra en que subrayan que éste podría no funcionar.
“Básicamente, el gobierno de Bush condena a la gente a muerte por VIH/sida”, advirtió Adrienne Germain, presidenta de la Coalición Internacional por la Salud de las Mujeres [IWHC]. “Y estamos hablando de decenas de millones de personas”.
Los grupos evangélicos hacen una obra magnífica en África, dirigiendo clínicas para algunos de los seres más desdichados del mundo: por ejemplo, las personas pobres que padecen sida. Por ello desconcierta ver a estos mismos grupos participando en la difusión de falsedades científicas que acarrearán muchas más muertes por sida.
El consenso científico es simple: los preservativos distan de ser perfectos, pero reducen considerablemente el riesgo de adquirir VIH y gonorrea en el hombre y quizás también reducen el de otras ETS, si bien se requieren más estudios para una demostración definitiva.
Hechos e infortunios
Un estudio de la Universidad de California en Berkeley reveló el sorprendente balance costo-eficacia de la distribución de preservativos: apenas 3.5 dólares anuales por cada vida salvada. La terapia antirretroviral cuesta casi 1.050 dólares anuales por persona.
Estados Unidos dona solamente 300 millones de preservativos anuales; al terminar el mandato del primer presidente Bush, donaba unos 800 millones.
Tomemos por caso a Botswana, que tiene el índice de VIH más elevado del mundo: 39 por ciento de la población adulta. Según cifras dadas en un informe de Population Action International sobre preservativos, el hombre promedio en ese país no llega a recibir ni un condón por año de donantes internacionales.
En el tiempo que a usted le ha llevado leer este artículo han muerto de sida 28 personas, entre ellas cinco niñas y niños, y otras 49 han adquirido la infección.
Debemos superar nuestros remilgos; aceptar que el preservativo es falible, pero es mucho mejor que no usar nada; reconocer que los condones no inducen al sexo, del mismo modo que un paraguas no provoca la lluvia, y asegurarnos de que, en lugares como Botswana, las parejas reciban más de un condón por año.
* Periodista estadounidense. Publicado originalmente en The New York Times. Esta versión en español pertenece a Zoraida J. Valcárcel y Laura E. Asturias y fue publicada en La Tertulia, agencia de noticias colaboradora de Mujereshoy.
Fuente: La Tertulia, Guatemala.
http://www.mujereshoy.com/secciones/2897.shtml
No sólo las clases dominantes de América Latina y la iglesia romana abominan de la “camisinha”, que le dicen en Brasil, de látex. Los fundamentalistas de derecha en Estados Unidos también.
En estos últimos años, varios grupos conservadores que apoyan al presidente George W. Bush han declarado la guerra al preservativo. Han lanzado una campaña pavorosa que, de tener éxito, podría tener como consecuencia la muerte por sida de millones de personas en el mundo.
Me percaté de esta campaña el año pasado, cuando empecé a recibir por correo electrónico mensajes de cristianos evangélicos que insistían en que los condones tienen poros de unos 10 micrones de diámetro, mientras que el virus del sida mide apenas un décimo de micrón.
La afirmación es una falsedad científica –los microscopios electrónicos no han hallado tales poros–, pero la campaña de desinformación resulta ser un tiro de largo alcance para desacreditar los preservativos, acallar toda referencia a ellos en las escuelas y desalentar su uso en otros países.
“El único anticonceptivo permanente absolutamente garantizado es la castración”, sugieren, con espíritu servicial, en un sitio católico en Internet. (Hmmm... tú vas primero).
Luego están las cuñas radiofónicas en Texas: “Los preservativos no protegerán a la gente contra muchas infecciones de transmisión sexual”. Un informe de Human Rights Watch cita esta declaración de un funcionario escolar de ese mismo estado: “No discutimos el uso del preservativo, salvo para decir que los condones no sirven”.
Estoy totalmente a favor de que se enseñe la abstinencia, y existen algunas evidencias de que su promoción ayuda a retardar y reducir el contacto sexual tanto en Estados Unidos como en el extranjero. Pero la gente joven ha fornicado diligentemente desde que se inventó el sexo (en 1963, según el poeta Philip Larkin), y desacreditar el preservativo tiene probabilidades de desalentar su uso, pero no las relaciones sexuales. El resultado para los jóvenes estadounidenses será más gonorrea y sida y en el extranjero muchas más muerte.
Hasta ahora el presidente Bush no ha adherido plenamente a la campaña contra los condones, pero hay señales alarmantes de que se está subiendo al tren. En diciembre pasado, durante una conferencia internacional en Bangkok, funcionarios estadounidenses exigieron la supresión de una referencia al “uso consistente del preservativo” para combatir el VIH/sida y las ETS (enfermedades de transmisión sexual). ¿Qué defiende, entonces, este gobierno? ¿Su uso intermitente?
Luego vino la cabriola del Condón, en el sitio de los Centros para control y prevención de enfermedades: en julio del 2001 quitaron una página con datos concretos sobre el condón y luego la reemplazaron por otra en que subrayan que éste podría no funcionar.
“Básicamente, el gobierno de Bush condena a la gente a muerte por VIH/sida”, advirtió Adrienne Germain, presidenta de la Coalición Internacional por la Salud de las Mujeres [IWHC]. “Y estamos hablando de decenas de millones de personas”.
Los grupos evangélicos hacen una obra magnífica en África, dirigiendo clínicas para algunos de los seres más desdichados del mundo: por ejemplo, las personas pobres que padecen sida. Por ello desconcierta ver a estos mismos grupos participando en la difusión de falsedades científicas que acarrearán muchas más muertes por sida.
El consenso científico es simple: los preservativos distan de ser perfectos, pero reducen considerablemente el riesgo de adquirir VIH y gonorrea en el hombre y quizás también reducen el de otras ETS, si bien se requieren más estudios para una demostración definitiva.
Hechos e infortunios
Un estudio de la Universidad de California en Berkeley reveló el sorprendente balance costo-eficacia de la distribución de preservativos: apenas 3.5 dólares anuales por cada vida salvada. La terapia antirretroviral cuesta casi 1.050 dólares anuales por persona.
Estados Unidos dona solamente 300 millones de preservativos anuales; al terminar el mandato del primer presidente Bush, donaba unos 800 millones.
Tomemos por caso a Botswana, que tiene el índice de VIH más elevado del mundo: 39 por ciento de la población adulta. Según cifras dadas en un informe de Population Action International sobre preservativos, el hombre promedio en ese país no llega a recibir ni un condón por año de donantes internacionales.
En el tiempo que a usted le ha llevado leer este artículo han muerto de sida 28 personas, entre ellas cinco niñas y niños, y otras 49 han adquirido la infección.
Debemos superar nuestros remilgos; aceptar que el preservativo es falible, pero es mucho mejor que no usar nada; reconocer que los condones no inducen al sexo, del mismo modo que un paraguas no provoca la lluvia, y asegurarnos de que, en lugares como Botswana, las parejas reciban más de un condón por año.
* Periodista estadounidense. Publicado originalmente en The New York Times. Esta versión en español pertenece a Zoraida J. Valcárcel y Laura E. Asturias y fue publicada en La Tertulia, agencia de noticias colaboradora de Mujereshoy.
Fuente: La Tertulia, Guatemala.
http://www.mujereshoy.com/secciones/2897.shtml
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