Salud y Sexualidad *

sábado, junio 04, 2005

Verbos prohibidos a la hora de amar

Errores más frecuentes que se cometen al hacer el amor. Creerse el sabelotodo, correr, inhibirse o presionar puede matar la pasión. Para satisfacer al otro primero hay que conocerse a sí mismo.

Hablar demasiado, fingir un orgasmo y preguntarle a su pareja si ya llegó son algunos de los errores en los que caen las mujeres a la hora de tener una relación sexual.

Mientras que ellos, quienes a veces juran ser los más versados en la materia, debajo de las sábanas suelen correr más que Juan Pablo Montoya, creer que el placer se reduce a la penetración y presionar a sus compañeras a hacer algo que ni siquiera saben si ellas disfrutan.

El Pais consultó con especialistas en el área de la sexualidad sobre aquellos verbos prohibidos al hacer el amor.

Batir marcas. Algunos creen que el sexo es una maratón en la cual compiten para batir la marca del más rápido o del más conquistador. Y en esta carrera pierden el disfrute del otro, el goce, el rendimiento sexual. Ignoran que el sexo es calidad no cantidad.

Genitalizar. Cuando el hombre o la mujer limitan su relación sexual a las zonas erógenas típicas, como los genitales y los pechos, se olvidan de los dos metros cuadrados de piel y de los cinco sentidos, negándose a descubrir otras sensaciones.

El error más frecuente de ellos es creer que ellas tienen orgasmos sólo con la penetración, cuando el 60% de las mujeres lo tienen a otros niveles: clitoriano, con los senos o anal.

Apurarse. Hay quienes corren como Juan Pablo Montoya, porque tienen una mirada orgásmica del sexo, es decir que ven como meta única el orgasmo. Esa ansiedad disminuye su respuesta, porque las cosas bajo presión no funcionan.

Algunas mujeres la padecen cuando están en situaciones especiales, como hacerlo antes de casarse o estar con un hombre comprometido o por dinero.

Pensar que siempre tiene ganas. Es muy arraigado en las mujeres, como consecuencia acerca de la sobre estimación que hay en la sociedad de la capacidad sexual de sus hombres.

A veces ellas también los presionan para que les respondan sexualmente, cuando ellos no lo desean, ya sea por el estrés, los problemas laborales, familiares y el cansancio.

Creerse sabelotodo. Es una falsa creencia, especialmente de los hombres, quienes piensan que se las saben todas en la cama. Y muchas veces sus actos se reducen al coito acompañado de una eyaculación.

En ocasiones sólo buscan penetrar a su pareja sin haberla siquiera acariciado, sin tener en cuenta que la mujer tiene otro tiempo y tipo de excitación. Algunos no saben ni qué es un orgasmo, piensan que se trata de eyacular, y muchas mujeres sí que menos, porque no lo piden a su pareja y les da temor hasta sentirlo.

Reprimirse. Es común en las mujeres, a quienes la religión, los padres, los abuelos y la sociedad les han casi que prohibido sentir, les han dicho que está mal que inciten al hombre, que toquen su cuerpo o se valgan de ciertas ayudas.

En este papel pasivo que han asumido muchas también ha influido el concepto machista de que el varón es quien tiene hacer sentir a la mujer.

Fingir un orgasmo. La mujer que cae en esto se condena a no llegar nunca a vivir esa sensación. Nada peor que esto, pues es engañarse a sí misma y revela falta de comunicación.

Hablar demasiado. Una de las cosas más sexis en el acto sexual son las palabras cariñosas o apasionadas, pero no esa retaíla con la que muchas logran el efecto contrario: matar la pasión.

Comparar. No hay nada menos erótico que sentirse comparado. Frases como: “Ella tenía muchos orgasmos”, “él se controlaba”, “él sí me entendía” provocan resentimiento.

Cada que se compara el acto sexual con el anterior, así sea con la misma pareja, genera un conflicto más que en el otro en uno mismo, porque impide disfrutar del momento.

Buscar fórmulas. Dedicarse mecánicamente a aplicar fórmulas matemáticas sexuales no siempre es efectivo.Puede generar insatisfacción y desilusión.

Para provocar una respuesta infalible y placentera basta con compartir en pareja, conocerse, comunicar sus deseos. No es mejor amante quien rinde más, sino quien sabe ponerse en el lugar del otro e investiga y aprende sobre su forma de sentir.

Adivinar. Este es el enemigo número uno del sexo. Cada persona es un ser único, por eso no se puede estimular a alguien como me gusta a mi. Tiene que haber respeto por el otro y una buena comunicación para decirle: “me gusta que me des besitos en el lóbulo de la oreja”.

Pero para ello cada uno debe conocer su cuerpo, saber qué le produce placer y poder comentárselo a su compañero, lo cual no siempre es posible, debido a los tabúes existentes.

Preguntarle cuánto le falta para terminar. No hay pregunta más negativa. Es presionar, decirle al otro que no lo hace vibrar, que preferiría estar haciendo otra cosa.

Este error lo cometen quienes creen que ambas personas de una misma pareja deben tener el orgasmo en el mismo momento. Eso es falso. Cada quien tiene su tiempo y no se requiere que ambos lleguen a la vez para sentirse plenos.

Presionar. Obligar a la pareja a hacer algo que no quiere: sexo anal, determinadas posturas, sexo oral, más o menos frecuencia sexual, no lleva a nada positivo: o el otro lo hace sólo para satisfacernos y no lo goza o lo padece o da lugar a enojos y frustraciones.

Si algunas preferencias no coinciden hay que buscar otras alternativas, dialogar y ser creativo, seduciendo, no imponiendo.

Este comportamiento puede presentarse cuando hay alcoholismo o consumo de sustancias psicoactivas o maltrato.

Caer en la rutina. Todo lo que se vuelva una constante, donde se pierda comunicación, afecto, deseo, donde los intereses sean otros, genera apatía.



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