Salud y Sexualidad *

viernes, septiembre 09, 2005

Infieles por naturaleza

Hace unos días me preguntó una amiga, molesta por la infidelidad del marido de una mujer conocida suya, porqué los hombre somos tan infieles.
A continuación intentare razonar una respuesta para esta difícil pregunta.
En mi opinión la tendencia infiel del hombre no es más que una cuestión genética, y tiene una base estrictamente biológica. De hecho, los hombres fieles son una rareza de la especie, que sólo se explica por componentes socio-culturales, tratándose de individuos que reprimen su natural impulso promiscuo del mismo modo que evitan eructar o defecar en público.
Veamos.
Todo comienza con los ciclos hormonales, y la distinta valoración que hacemos los machos y las hembras de nuestras células reproductoras.
Así, mientras la hembra de nuestra especie produce en torno a 400 óvulos durante toda su vida, un macho fértil produce (expulsa) del orden de 300 millones de espermatozoides en ¡¡una sola eyaculación!!.
La desproporción de estos números hace que los machos y las hembras perciban y aprecien de modo distinto a estas células, y estén por tanto dispuestas a depositarlas o ser receptoras (según el caso) de un modo más o menos displaciente.

Por otra parte el hombre no tiene ligada la producción de su hormona masculina (testosterona) a ningún ciclo periódico y ésta circula libre y permanentemente por nuestro fluido sanguíneo, propiciando así un continuo estado de celo; al contrario que la mujer, que ha experimentado una curiosa evolución, que la ha llevado a mantener los ciclos periódicos vinculados al celo, pero consiguiendo ser el único mamífero que ha logrado ocultarlo al macho, además de desarrollar una característica hipertrofia mamaria en periodos de no lactancia.
Ambos aspectos están considerados procesos evolutivos para atraer y retener al macho.
Como prueba de esto último podemos observar la sincronía que se produce en el momento de la menstruación entre mujeres que viven en un mismo entorno. Esto se puede considerar una reacción natural que evita costes de oportunidad en el momento de apareamiento, de tal modo que permite a todas las hembras estár en periodo fértil al mismo tiempo compitiendo por el macho en igualdad de condiciones.

Llegados a este punto deberíamos señalar que lo de la extendida idea de la fidelidad femenina no es más que un mito, ya que estadísticas basadas en análisis de ADN computan que en torno a un 10% de los hijos son ilegitimos o extramatrimoniales.
Otra cosa distinta es la ostentación que hacen los hombres de sus aventuras amorosas y la discreción con que tratan las mujeres las suyas.

Abundando en la base biológica de todo este asunto, es curioso observar como estudios demuestran la distinta percepción estética que de los hombres tienen las mujeres dependiendo de su ciclo hormonal, prefiriendo casi siempre los de aspecto más viril en los periodos hormonales correspondientes a la ovulación, y viceversa.

El hombre y la mujer sólo juegan el rol que les ha asignado la naturaleza, y por tanto las características y comportamiento de nuestra especie fundamentalmente vienen condicionados por la evolución a lo largo de cientos de miles de años.
Nuestra cultura monógama y resto de roles sociales apenas si tienen unos cientos.

 

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