Salud y Sexualidad *

miércoles, octubre 26, 2005

La percepción del cuerpo masculino

Nachas, nylons, pompis, pompas, posaderas, asentaderas, trasero, cachetes, la peor cara, donde la espalda pierde su honorable nombre, fundillo, culo, cola, son sólo algunos de los términos y eufemismos con los que suele designarse a las nalgas. Nalgas, palabra difícil de pronunciar en público.

¿Por qué cuesta tanto trabajo nombrarlas, si indudablemente les ponemos atención?

El papel que juegan las nalgas en las sociedades contemporáneas tiene mucho de visual. Pero no sólo se ven, también se tocan y su contacto es intencionado, o al menos siempre se le percibe de esa manera, incluso cuando es accidental. ¿Cómo se tocan? En primer lugar están los toques festivos.

Las nalgadas juguetonas entre adolescentes, quienes se encuentran en la
etapa de definición de su identidad genérica y a la vez ansiosos respecto a su propio cuerpo. En los varones adultos puede ser una manera de decir “hola”, y en los deportes de equipo una forma de celebrar una buena jugada.

El castigo es otra modalidad, ya sea de padres a hijos con la palma de la mano extendida, o en una situación de subordinación en la que los golpes en las nalgas se utilizan para no dejar secuelas en los sujetos. En los encuentros sadomasoquistas la nalgada puede tener un sentido erótico que estimula tanto a quien la propina como a quien la recibe.

Los procesos de construcción de la masculinidad atraviesan las formas culturales de organización jerárquica de la sociedad. Es decir, para llegar a ser hombre se transita por un más o menos prolongado proceso, y por ello los varones más jóvenes también se encuentran en una posición de subordinación, hasta que logren superar los procesos de construcción de la masculinidad, lo cual nos habla de una más de las formas de ejercicio del poder.

La masculinidad elemento intersubjetivo no es una identidad que pueda ser incorporada fácilmente, pues pasa por el ámbito de la interacción social y por tanto del reconocimiento que el entorno mismo hace del sujeto. En este sentido, cuando las actitudes y comportamientos de un sujeto no son considerados masculinos, se vuelve difícil para éste incorporarse e interactuar socialmente.

En cuestión de glúteos se rompen géneros

Al hablar del cuerpo y la masculinidad salen a relucir una serie de aspectos relativos a la manera en que los sujetos viven, perciben y entienden sus propios cuerpos. Las sociedades contemporáneas han llevado cada vez más a generar modelos corporales fabricados, construidos a base de muchos productos, desde ropa diseñada cuidadosamente para resaltar redondeces donde no las hay, hasta la cirugía plástica, utilizada para corregir determinados rasgos que se consideran indeseables, sin olvidar las horas de gimnasio, los anabólicos, las prótesis y los silicones que permiten moldear los cuerpos.

Más allá de todos estos procedimientos para transformar los cuerpos, es un hecho que los sujetos se encuentran cada día más preocupados por lograr un control y un manejo de su apariencia. ¿Cuál es el objetivo? Lucir bien ante una sociedad cada vez más exigente, lograr la aceptación y ser atractivo sexualmente ante los demás. ¿Qué es lo que quiere lucir el hombre? Sin duda eso cambia de uno a otro. Para unos es el rostro lo que deben mejorar, para otros su atuendo, su musculatura, su pene y por supuesto... sus nalgas.

Las nalgas son una parte importante del cuerpo y en la masculinidad marcan su papel dentro de la construcción de identidades sexuales. Ya sea de manera consciente o inconsciente, los varones se preocupan por la apariencia de sus nalgas.

Dentro de los imaginarios genéricos, las nalgas corresponden a una parte de la anatomía asociada a la recepción pasiva de contactos, así como una vía de acceso en la penetración, ergo, dentro de la sexualidad es considerado femenino recibir y disfrutar el placer ahí generado. Para Robert Connell, “ni la relajación de esfínteres ni la estimulación prostática exigen una relación con un hombre. Una mujer puede hacer el trabajo sin problema alguno. El sexo anal es una pieza clave de la homosexualidad masculina occidental, aunque la investigación derivada de estudios relacionados con el sida muestra que se realiza mucho menos de lo que la importancia simbólica que se le ha asignado sugiere.”

El uso de los orificios

“No uso pantalones entallados porque parecería puto”, fue la frase que un hombre que suele tener sexo con hombres me dijo en Tlaxcala. Así expresaba su temor a que se identificara su interés por llamar la atención de otros varones para lograr un encuentro sexual. Por extensión, suele considerarse que un encuentro sexual entre varones necesariamente implica la penetración. No hay duda de que existe una referencia directa a la sexodiversidad cuando se habla de sexo anal, aun cuando sea una práctica que se dé también entre parejas heterosexuales.

Uno de los aspectos inquietantes en torno a la sexualidad gay y el uso de los cuerpos es el llamado en la jerga local “beso negro”. Esta práctica no es tan común como se cree, ya que supone la estimulación anal por medio de los labios o la lengua. Los testimonios de jóvenes entrevistados por nosotros indican que si bien disfrutan recibir este tipo de estimulación, llevarla a cabo ellos mismos no es algo que les entusiasme. Ello tiene que ver con los discursos repetidos desde la infancia que indican que todo lo relacionado con el ano es algo sucio. Así, mientras las nalgas son una parte atractiva de la anatomía, el ano y su contenido están vedados a todo acercamiento sensorial.

Por otra parte, la penetración anal con los dedos, la mano u otro tipo de objetos es una práctica recurrente en el medio gay, aun cuando a partir de las incertidumbres que se desarrollaron con la aparición del VIH/sida empezó el cuestionamiento a las formas en que esto debía realizarse. Muchas campañas que promueven “la erotización del sexo seguro” propusieron la utilización de guantes y dedales de látex, el uso de condones y hasta la incorporación del plastipack en este tipo de encuentros y prácticas sexuales, no obstante, ni siquiera el condón ha logrado mantener su presencia en la mayoría de las prácticas de riesgo.

Muchos de los textos literarios o científicos sobre sexualidad hacen referencias al sexo anal como la práctica primordial de los varones gay. Así se ha difundido la idea de que todo encuentro entre varones necesariamente tendría ese sentido. Todo este imaginario parte de un hecho evidente: la sexualidad falocéntrica y el coito como única forma de acceder al placer. Esto nos remite nuevamente a los discursos de la masculinidad y a la manera en que desde ésta se ha definido el placer sexual, es decir, el placer del varón se concentra en sus genitales y la penetración, que en el caso del sexo gay sería anal, establecería el ordenamiento no sólo de la sexualidad, sino del ejercicio del poder a partir de una definición de roles en la pareja y con ello todo! os los elementos que dentro de las subculturas homosexuales se conocen como el activo y el pasivo, es decir, el penetrador y el penetrado.

Trascender los roles, liberar los cuerpos

La configuración genérica de los sujetos supuso durante mucho tiempo un tipo de comportamiento y una relación particular con sus propios cuerpos, que en general era de índole restrictiva. Con ello se establecieron valoraciones distintas en relación con cada una de las partes del cuerpo, a partir de consideraciones que aún suponen que un hombre heterosexual no debería permitir que nadie toque sus nalgas y mucho menos las disfrute.

El papel que han jugado estos aspectos en la construcción de la masculinidad ha planteado la necesidad de establecer una distinción que haga evidente la heterosexualidad, ya que durante mucho tiempo se consideraron determinados estereotipos como específicos de cada una de las preferencias sexuales; sin embargo, dentro de los sectores gay se fueron creando modelos que retomaron aspectos considerados previamente como exclusivos de la heterosexualidad: el vaquero, el rudo, el musculoso, cada uno con una estética determinada.

Es claro que la percepción y uso del cuerpo varía en función de la preferencia sexual, lo cual tiene que ver en gran medida con los imaginarios de la heterosexualidad que suponen un mayor control y restricción en relación con el disfrute del placer sexual.

Las restricciones establecidas por los imaginarios de la heterosexualidad son las que limitan las posibilidades de disfrute del cuerpo. Por tanto, en la medida en que los sujetos se sientan menos amenazados por el fantasma de la homosexualidad, otorgarán menos importancia a esos límites culturales y podrán permitirse explorar las posibilidades de disfrute del placer a través de todo el cuerpo y todos sus sentidos.

http://www.enkidu.netfirms.com/art/2004/020304/E_022_020304.htm

 

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