Aunque me parece algo exagerada la tesis freudiana de que el impulso sexual es la base de toda acción constructiva, no se puede negar que el ser humano es un animal sexual. Ya en el primer instante de la concepción el sexo es protagonista: la atracción sexual primigenia de los progenitores se ve reflejada en la posterior atracción de un espermatozoide concreto hacia un óvulo femenino. El largo recorrido del hombre como ser sexuado comienza, pues, antes de ser concebido, y no terminará hasta su muerte. El niño cuando nace tiene una identidad sexual cromosómica que, según Freud, «no incluye la conexión de su instinto sexual con un objeto sexual predeterminado biológicamente». Es evidente que será su entorno inmediato el que se encargará de trazarle el camino de su identidad sexual, de acuerdo con los patrones ya establecidos en la concreta cultura a la que pertenezca el niño. Está claro, pues, que, aunque el sexo determina los aspectos biológicos de ser hombre o mujer, cada cultura tiene una serie de expectativas sobre cómo deben pensar, actuar o sentir ellos y ellas. Los padres, en general, no escatimarán esfuerzos para que el sexo psicológico de su hijo coincida con su sexo biológico. En cuanto el bebé pone los pies en el mundo, su familia se apresurará a vestirlo con ropa del color que le corresponde a su sexo y lo rodeará de juguetes adecuados a su género personal. Esta labor concienciadora de la identidad sexual psicológica del futuro hombre o mujer será infatigable hasta que el niño sobrepase la adolescencia, cuando ya parece quedar clara la coherencia entre su genotipo y su fenotipo sexual, puesto que, para entonces, habrá interiorizado éste los esquemas estereotipados de lo que ser hombre o mujer sea. Por ello, a los padres les saltarían todas las alarmas si, al entrar con su hijo varón en una tienda de juguetes, a éste se le antojara y se emperrara en que le compraran una muñeca Barbie. Con las niñas, sin embargo, hay una cierta flexibilidad, pero sólo hasta cierto punto. Este tipo de alteraciones, conocidas como trastornos de identidad de género (TIG), están magníficamente tratadas en dos películas estremecedoras basadas en casos reales: Ma vie en rose (Mi vida en rosa, 1997), que relata la historia de un niño cuyo intenso deseo de ser niña le causa una gran angustia a su familia, y Boys don't cry (Los chicos no lloran, 1999), basada en el documental The Brandon Teena story (La historia de Brandon Teena, 1998), que narra la vida de una niña, Teena Brandon, que adoptó la personalidad de un niño, Brandon Teena, se hizo «novio» de una chica, Lana Tisdel, y cuando los amigos de ésta descubrieron que Brandon era biológicamente mujer, montaron en cólera y la asesinaron brutalmente.
Antes de intentar enumerar las posibles causas de la homosexualidad, es conveniente elaborar una definición de esta condición sexual humana que abarque todas sus variantes. Podría decirse que son homosexuales aquellas personas que, sufriendo o no un trastorno de identidad de género, se sienten atraídas romántica o eróticamente (de un modo efectivo o frustrado) por personas de su propio sexo biológico o de su mismo género psicológico sexual, independientemente de las posibles proyecciones de futuro que puedan tener hacia dichas personas. La homosexualidad tiene, por tanto, diversas variantes y dentro de dichas variantes caben distintos matices.
La homosexualidad, según parece, existe en casi todas las especies de los mamíferos, y, según Gregorio Marañón, «es preciso admitir que, puesto que la intersexualidad orgánica es tan frecuente, la mayoría de los seres humanos, probablemente todos, tendrían una aptitud primaria para la homosexualidad, que luego se desarrollaría o no». Esta sorprendente afirmación de nuestro afamado médico queda suavizada por lo que había dicho unas líneas antes: «A pesar de que algunos autores han llegado a afirmar que las sexualidades puras son enteramente míticas, el homosexualismo es (?) un hecho relativamente raro en la especie humana».
Parece bastante probable que la homosexualidad puede estar irreversiblemente establecida en los seres humanos antes de los cinco años, edad en la que el niño ha superado ya las etapas de la formación de su carácter y de su estructura mental. Según Freud, la homosexualidad «puede no haber aparecido hasta un determinado momento, anterior o posterior a la pubertad. Asimismo», añade, «puede conservarse durante toda la vida, desaparecer temporalmente, no representar sino un episodio en el curso del desarrollo normal y hasta manifestarse en un estado avanzado de la existencia del sujeto, después de un largo período de actividad sexual normal».
Aunque los innumerables estudios de campo sobre las diferentes variantes de la homosexualidad llegan a conclusiones para todos los gustos, parece que hay indicios de que ésta tiene en ciertos casos (estadísticamente no demasiado significativos) un origen biológico genético. El síndrome de Klinefelter (trisomía XXY) y la monosomía sexual X o síndrome de Turner (que sólo afecta a las mujeres) son ejemplos de errores cromosómicos. En ambos síndromes las características sexuales secundarias tienen escaso desarrollo. Estos desajustes genéticos son paliables en la actualidad mediante tratamiento médico hormonal, lo que hace suponer, a mi juicio, que no desembocan necesariamente en homosexualidad. Se ha demostrado que hay algunos casos en los que la homosexualidad puede tener un origen biológico hormonal. Las hormonas son las responsables de activar ciertos circuitos neuronales que, a su vez, provocan un específico comportamiento sexual. Es sabido que la testosterona induce ciertas características sexuales y de comportamiento en los varones, como son su agresividad y su peculiar sexualidad; sin que olvidemos que la parte del hipotálamo responsable de la conducta sexual es mayor en los hombres que en las mujeres. A su vez, la tendencia intuitiva, impulsiva y empática de la mujer es habitualmente achacada a la cantidad de estrógenos que circulan por el torrente sanguíneo de ésta. Se han hecho estudios con animales (ratas y animales salvajes) que demuestran el claro influjo de la manipulación hormonal en el desarrollo de características sexuales secundarias propias del sexo contrario. Unas hembras de leopardo a las que se les extirparon los ovarios y fueron sometidas a un determinado tratamiento hormonal perdieron, a consecuencia de ello, atractivo sexual para los machos. Pero más sorprendente aún fue que dichas hembras de leopardo desarrollaron una cualidad privativa de los machos de su especie: mover fuertemente la cola a voluntad. También se ha demostrado que la medicación antiabortiva (que imita a la testosterona) en madres gestantes con peligro de aborto produce un efecto claramente masculinizante en los fetos femeninos. Se ha llegado a demostrar que en un determinado período prenatal, la infiltración de testosterona en el feto produce la aparición de testículos, independientemente del sexo de éste. Igualmente sorprendente resulta que en los casos de partos múltiples de ratas, los fetos femeninos que están situados entre dos varones reciben una sobrecarga de testosterona que masculiniza parcialmente a dichos fetos.
Según Anne Fausto-Sterling (profesora de Biología de la prestigiosa Universidad de Brown en EE UU), quien en 1993 publicó un trabajo en la revista The Sciences, titulado «Los cinco sexos: por qué hombre y mujer son insuficientes»), «entre el 1,5 y el 2 por ciento de los niños nacidos en EE UU no caben dentro de la definición estricta de hombre o mujer, a pesar de que el bebé parezca una cosa u otra». Sin embargo, el total de jóvenes con algún tipo de trastorno de identidad de género o TIG en EE UU es de aproximadamente 3 millones, es decir, un 10 por ciento de la población total juvenil de aquel país. Estas estadísticas coinciden curiosamente con los porcentajes de homosexualidad adulta, establecidos en el revolucionario y hoy controvertidísimo Informe Kinsey de 1948 (sexólogos directamente relacionados con el Instituto Kinsey de Indiana han afirmado, en libros sobre Alfred Kinsey, que el conocido médico utilizó a pedófilos en serie y otros criminales sexuales para recabar la sesgada información sobre la sexualidad adulta e infantil que sirvió de base a sus famosos informes). Puesto que no todos los niños nacidos con una variante sexual acaban siendo homosexuales, hay que suponer que la sorprendente disparidad numérica entre estos niños y los que sufren algún tipo de TIG sólo puede ser explicada por el hecho de que el resultado final sexual que termina siendo el adulto surge de la combinación del sexo hormono-biológico con el que se nace y el género psicosexual en el que lo educan a uno los padres o bien aquel con el que uno se identifica, por las razones (traumáticas o no) que fueren. Los especialistas en TIG llevan alrededor de cuarenta años tratando a niños con un comportamiento sexual exageradamente estereotipado, firme y continuado del sexo contrario al suyo, y han obtenido resultados curiosos. De un grupo de 44 niños estudiados a lo largo de veinte años, el 75 por ciento se convirtieron en homo o bisexuales en la edad adulta y el restante 25 por ciento se transformaron en heterosexuales, a pesar de no haber recibido ningún tipo de terapia «correctora».
El tratamiento utilizado en EE UU para intentar curar los trastornos de identidad de género en niños y adolescentes puede realizarse en régimen de internamiento o de forma ambulatoria, con la participación o no de los padres del niño afectado. Las técnicas utilizadas, de inspiración pavloviana, son ciertamente controvertidas. En algunas de las clínicas en las que se obliga a los padres a participar directamente en la terapia clínica se introduce al niño en una habitación a solas en la que se habrán colocado dos mesas: en una habrá juguetes de niña y en la otra, juguetes de niño. En una ventana que da a la habitación-laboratorio se coloca a la madre de la criatura, para que cada vez que su hijo o hija de tres o cuatro años elija un juguete sexualmente incorrecto, y busque la lógica aprobación materna, aquélla se vuelva sin atender a las llamadas afectivas de su hijo afeminado o de su hija marimacho. Estos tratamientos suelen ser prolongados en el tiempo, con un coste elevado emocional y crematístico para padres e hijos. Ha habido casos de niños que han tenido que ser sacados de la habitación en estado de pánico, ante la extraña reacción de su atribulada madre, que los trataba con una frialdad desconocida para ellos hasta entonces. Kraig, un niño de cuatro años con un fuerte síndrome de afeminamiento, sufrió un ataque de histeria y pánico el primer día de su tratamiento. No obstante lo cual logró ser «curado» después de varios años de terapia clínica y domiciliaria. Se convirtió en el típico niño bruto y «machote», pero a los 18 años intentó suicidarse por miedo a ser homosexual. Una niña muy marimacho, Daphne S., que pasó tres años internada en diferentes clínicas psiquiátricas, donde le intentaron curar su marcado trastorno de identidad de género (mientras el seguro médico de sus padres pagó la factura, claro), fue dada de alta a los 18 años, presuntamente curada, a pesar de lo cual hoy es una contundente lesbiana que lleva bigote y perilla. Y diez años después sigue sufriendo terribles pesadillas nocturnas, relacionadas con su identidad sexual y con el tormento terapéutico al que fue sometida: intensas sesiones de maquillaje, obligada vestimenta femenina y citas con niños en contra de su voluntad.
Hay mucha controversia en la actualidad sobre los métodos de diagnóstico y el tratamiento utilizados en las clínicas especializadas en trastornos de identidad de género de EE UU, en las que no parecen distinguir si el origen de la tristeza de un niño es interior, porque es, por ejemplo, una niña atrapada en un cuerpo de niño, o si esa tristeza procede del rechazo de su entorno por sus preferencias de jugar con muñecas y vestirse de mujer. Daphne S. reprocha a los psicoterapeutas que la atendieron que ninguno se molestara en saber cuál era la causa de su trastorno: antes de la adolescencia había sido violada repetidas veces, era víctima de violencia física y padecía una grave neurosis.
Es preciso que se encuentren fórmulas terapéuticas adecuadas que permitan a los niños que sufren cualquier tipo de TIG psicodramatizar su conflicto, sin que experimenten ningún tipo de sentimiento de culpabilidad por sus peculiaridades psicogenéricas (tengan el origen que tengan), haciéndoles ver que hay ciertas cosas que sólo deben hacerse en privado, ya que la sociedad no las comprende y aísla a los que así la desafían.
Las estadísticas que se han citado antes y los casos que existen de trastorno de identidad de género parecen dejar bastante claro que en EE UU un porcentaje nada desdeñable de homosexuales sufrió algún tipo de TIG en la infancia. Aunque es muy difícil saber cuál es la estadística de casos de niños con trastornos de identidad de género en España, es significativo que varios psicoanalistas especializados en niños y adolescentes de la Asociación Psicoanalítica de Madrid consultados hayan reconocido que nunca han tenido en su consulta a un niño con TIG. Se han hecho muy pocos estudios en nuestro país sobre este asunto y los que hay se basan en las estadísticas de países extranjeros, según se afirma en una guía clínica para el diagnóstico y tratamiento de los TIG editada en mayo de 2002 por la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición, titulada Trastornos de identidad de género, que coordinó el doctor Antonio Becerra Fernández. En el segundo apartado de esta esclarecedora guía se desentraña el enigma de este tipo de trastornos: «Los TIG podrían desarrollarse como resultado de una interacción alterada entre factores genéticos, el desarrollo cerebral y la acción de las hormonas sexuales. Pero además, diversas influencias ambientales en períodos críticos del desarrollo, como el embarazo, la infancia o la pubertad pueden influenciar la conducta y la orientación sexual. El estrés prenatal, la relación materno-filial de las primeras etapas de la vida, influencias familiares o abusos sexuales durante la infancia o la pubertad pueden influenciar la conducta y la orientación sexual (?) para conformar la orientación e identidad sexual definitiva del adulto» (Cohen y Gooren, 1999).
La explicación del porqué de la proliferación de casos de TIG en EE UU podría estar en las peculiaridades de aquella sociedad. Allí es bastante frecuente que la gente cambie de casa, de barrio, de ciudad o de estado cada cuatro o cinco años. Dicho nomadismo impide que la familia se conserve cohesionada: abuelos, tíos y primos serán seres lejanos que no tendrán demasiado peso en el mundo afectivo del niño; incluso se hace difícil la amistad. Hay niños norteamericanos que a los ocho años ya han convivido con cuatro parejas legales de sus padres, seis o siete hermanastros, ocho abuelastros y media docena de medio hermanos (de todas las razas y culturas posibles), aparte de haber cambiado varias veces de barrio, de amigos, de colegio, de parroquia y hasta de religión (hay allí más de 35.000 iglesias protestantes independientes), sin olvidar que hace treinta años se puso de moda entre los «progres» de aquel país educar a sus hijos en una cierta neutralidad sexual. La estabilidad en el trabajo, la importancia de la familia y de los amigos y la extraordinaria cobertura sanitaria de que se disfruta en España explican que en nuestro país la movilidad social sea muy escasa, lo que permite que los niños españoles estén muy arropados por su familia y por sus amigos. El arraigo familiar sirve para que los niños no se desparramen psicológicamente.
El origen de la homosexualidad no biológica está, como ya se ha dicho, en las circunstancias que rodearon la educación y la experiencia vital del niño. No es necesario que los traumas padecidos por un niño sean graves para que deriven en una posible homosexualidad. Todos conocemos casos de niños criados «entre algodones» y sobreprotegidos por una madre viuda o una abuela amorosa que acaban siendo homosexuales.
También conocemos a niños, hijos únicos o el menor de una familia numerosa, en la que abundaban las hermanas, que se convirtieron en homosexuales. Aparte de los ya mencionados, que fueron violados en la infancia o fueron víctimas de violencia física. Según Gregorio Marañón (por conocimiento propio y corroborando al doctor Hirschfeld, pionero en operaciones de cambio de sexo), «muchos homosexuales son hijos únicos o el último vástago de una serie larga de hijos».
No tendría mucho sentido terminar este artículo sin hacer alusión al anteproyecto de ley de matrimonio de personas homosexuales, de 29 de diciembre de 2004, que, de ser aprobado por las Cortes españolas, equiparará la unión legal de las parejas homosexuales a la de las parejas heterosexuales. Quizá habría sido una buena idea que el Partido Socialista hubiese nombrado una comisión de expertos (médicos, biólogos, juristas, psicólogos, psiquiatras, teólogos, sociólogos?) que, aunque sólo hubiera sido con carácter consultivo, hubiesen estudiado a fondo la realidad de los , y el impacto posible de las uniones legales entre éstos, en una sociedad muy mayoritariamente heterosexual. Se habría podido encontrar una solución léxico-jurídica adecuada, que hubiese facilitado la asimilación de esta impactante realidad de forma progresiva, y sin ningún tipo de turbación, en los diferentes sectores de la sociedad española. Quizá no sea adecuado llamar «matrimonio» a la unión legal entre homosexuales, porque entra en conflicto con el matrimonio tradicional entre heterosexuales, cuyo proyecto común suele incluir la procreación de la prole, algo que está forzosamente excluido en las uniones homosexuales, como es natural. Hasta ahora, cuando un heterosexual hacía constar en un documento su condición de casado, quedaba clara su identidad sexual, ya que sólo se casaban los heterosexuales.
En cambio, a partir del momento en que el matrimonio pueda ser de carácter homosexual, ya no quedará clara la condición sexual de los antes mencionados, cuando se identifiquen como casados. Es muy comprensible que los homosexuales deseen unir sus vidas de forma legal. Lo que no es lógico es que el derecho de unos pocos pueda echar sombra sobre el derecho de la mayoría. Se podrían evitar estos conflictos de intereses si en lugar de llamar «matrimonio» a la unión legal entre homosexuales se lo llamara, por ejemplo, «desposorio» (o lo que se le ocurra a quien proponga un vocablo más acertado), que significa «casamiento», además de «promesa de matrimonio». Así, los homosexuales estarían «desposados» y los heterosexuales, «casados».
No podrían los homosexuales quejarse de que, de este modo, se dejaría patente su identidad sexual, ya que en el momento en el que incluyan a sus cónyuges en sus documentos oficiales, se hará evidente que se trata de una unión homosexual (sería incongruente que quisieran ocultar su condición sexual). No hay que olvidar, además, que, con demasiada frecuencia, los homosexuales se han burlado de la institución matrimonial. Véase, si no, el poema de Luis Cernuda en el que habla del «aguachirle conyugal». Por ello quizá les interese que se distingan sus uniones legales de las de los «aguachirlados».
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