La gripe de los enamorados
Entre la gente joven y los adolescentes es habitual que se den molestos procesos de mononucleosis. Su virus desencadenante, el 'Epstein-Barr', debe su nombre a los dos científicos que lo descubrieron tras aislarlo de enfermos con un tumor concreto -el linfoma de Burkitt-. Posteriormente, al analizar sus características observaron semejanzas con otros virus, los herpes virus. Es un virus que se transmite por la saliva, no se se contagia con facilidad pero es habitual que esa transmisión se produzca por contacto directo. De hecho, a esta enfermedad se la conoce como la 'enfermedad del beso' o de los enamorados. Al ser un virus muy común, es habitual que hayamos estado en contacto con él a lo largo de la infancia. Es decir, la mayoría de nosotros tenemos una protección natural por haber desarrollado cierta inmunidad.
Cuando penetra a través de las mucosas en una persona que no ha desarrollado esta inmunidad, infecta sobre todo a las células epiteliales, que están presentes en la piel y mucosas, y las encargadas de la defensa -los leucocitos-. Las destruye y provoca manifestaciones clínicas en las mucosas, como la faringe, así como un cierto estado de 'inmunosupresión' o defensas bajas, que predispone a una convalecencia larga y a sufrir otros tipos de infecciones. El periodo de incubación suele ser de diez a quince días. En ese tiempo se puede producir el contagio sin que la persona infectada sea consciente de que padece la enfermedad.
Durante la fase inicial de la enfermedad, que dura unos diez días, aparecen una serie de síntomas generales, no específicos -es la fase 'prodrómica'-. Se da un cierto malestar general, cansancio y unas pocas décimas de fiebre. Tras esa fase, ya sí, se desarrolla el cuadro completo.
Esta enfermedad puede tener un espectro clínico diverso. Sus manifestaciones son muy molestas y ocasionan una sensación de enfermedad grave. Aparece fiebre intensa y elevada muy difícil de controlar con antitérmicos. Es frecuente una sensación de quebranto, con un cansancio intenso, pérdida de apetito y palidez. El dolor de garganta intenso y continuo es otra de las manifestaciones más frecuentes de este proceso. Además, es habitual que se produzca una inflamación de los ganglios. El enfermo sufre una hinchazón del cuello muy molesta y dolorosa a la palpación. La garganta aparece muy inflamada, incluso con presencia de lesiones blanquecinas. También pueden darse otros síntomas comunes a todos los procesos virales, como jaqueca, congestión nasal y molestias musculares.
Quince días hecho polvo
La recuperación suele ser muy lenta, requiere un periodo de convalecencia de incluso varias semanas, durante las que se siente un cansancio intenso que obliga a permanecer en reposo. Es éste un síntoma muy molesto y que genera preocupación. Conviene descansar lo necesario y vigilar periódicamente el hemograma para comprobar la evolución de las anomalías en la serie leucocitaria. De forma progresiva, y cuando los demás síntomas de la enfermedad han desaparecido -especialmente la fiebre-, se puede intentar una recuperación física progresiva. Es también útil hacer algún tipo de gimnasia suave de mantenimiento en casa, movilizando las extremidades y realizando flexiones, siempre en la medida de lo posible y si nuestro estado no está muy deteriorado. También conviene controlar periódicamente el peso. La dieta debe ser equilibrada y sólo bajo prescripción médica se valorará el empleo de polivitamínicos.
Esta enfermedad puede producir diversas complicaciones, como aumento de las enzimas hepáticas, es decir cierta hepatitis. También puede producir una inflamación del bazo o 'esplenomegalia', ya que éste es un órgano muy rico en tejido linfoide o del sistema de defensa. Una complicación muy rara y grave también puede ser la ruptura del bazo. Debido a la inflamación que presenta, su tejido se vuelve muy frágil y puede quebrarse ante el mínimo traumatismo. Ello ocasiona un dolor abdominal muy agudo que necesita de una valoración médica urgente.
En otras ocasiones se producen manifestaciones cutáneas. Concretamente, una erupción diseminada por el cuerpo, sobre todo cuando se administran ciertas sustancias como la amoxicilina -un antibiótico muy utilizado en procesos otorrinolaringológicos- o la ampicilina. Al pertenecer a un grupo de virus con cierta propensión a infectar también células del sistema nervioso, se desarrollan a veces complicaciones neurológicas en forma de neuritis o encefalitis.
La sospecha suele ser inicialmente clínica, ante la presencia de un chico o chica joven con un proceso febril importante, faringitis y un malestar general intenso, muchas veces con un desarrollo lento de la enfermedad.
El diagnóstico
En los análisis suele observarse un aumento de las enzimas hepáticas, aunque son más características las alteraciones del hemograma, concretamente de la fórmula leucocitaria. Se da un incremento o descenso de los leucocitos, que se acompaña muchas veces de un aumento de tamaño de un tipo determinado, los linfocitos, que al microscopio adquieren un aspecto grande y con un núcleo prominente. Para llegar al diagnóstico es preciso objetivar el contacto o la presencia de ese virus por la detección de anticuerpos específicos. Se les identifica mediante el contacto de la sangre del paciente con células de otra especie, si se observa una reacción que suele ser de aglutinación. Esta prueba también lleva el nombre de su descubridor, Paul Bunnel.
El tratamiento de la mononucleosis suele ser meramente sintomático, es decir, se limita a controlar los síntomas, como la fiebre y el dolor. Para ello se pueden emplear antitérmicos y analgésicos como los antiinflamatorios y el parecetamol -incluso combinando ambos para aumentar el efecto-. Para administrar otros antitérmicos de acción más potente debe consultarse a un servicio médico por los posibles efectos secundarios, como la caída de la tensión arterial o cambios en el hemograma). Ahora bien, aunque no existe un tratamiento específico de la enfermedad, en determinadas poblaciones de riesgo se emplean antivirales por el riesgo de desarrollar complicaciones serias de esta enfermedad.
http://servicios.elcorreodigital.com
Cuando penetra a través de las mucosas en una persona que no ha desarrollado esta inmunidad, infecta sobre todo a las células epiteliales, que están presentes en la piel y mucosas, y las encargadas de la defensa -los leucocitos-. Las destruye y provoca manifestaciones clínicas en las mucosas, como la faringe, así como un cierto estado de 'inmunosupresión' o defensas bajas, que predispone a una convalecencia larga y a sufrir otros tipos de infecciones. El periodo de incubación suele ser de diez a quince días. En ese tiempo se puede producir el contagio sin que la persona infectada sea consciente de que padece la enfermedad.
Durante la fase inicial de la enfermedad, que dura unos diez días, aparecen una serie de síntomas generales, no específicos -es la fase 'prodrómica'-. Se da un cierto malestar general, cansancio y unas pocas décimas de fiebre. Tras esa fase, ya sí, se desarrolla el cuadro completo.
Esta enfermedad puede tener un espectro clínico diverso. Sus manifestaciones son muy molestas y ocasionan una sensación de enfermedad grave. Aparece fiebre intensa y elevada muy difícil de controlar con antitérmicos. Es frecuente una sensación de quebranto, con un cansancio intenso, pérdida de apetito y palidez. El dolor de garganta intenso y continuo es otra de las manifestaciones más frecuentes de este proceso. Además, es habitual que se produzca una inflamación de los ganglios. El enfermo sufre una hinchazón del cuello muy molesta y dolorosa a la palpación. La garganta aparece muy inflamada, incluso con presencia de lesiones blanquecinas. También pueden darse otros síntomas comunes a todos los procesos virales, como jaqueca, congestión nasal y molestias musculares.
Quince días hecho polvo
La recuperación suele ser muy lenta, requiere un periodo de convalecencia de incluso varias semanas, durante las que se siente un cansancio intenso que obliga a permanecer en reposo. Es éste un síntoma muy molesto y que genera preocupación. Conviene descansar lo necesario y vigilar periódicamente el hemograma para comprobar la evolución de las anomalías en la serie leucocitaria. De forma progresiva, y cuando los demás síntomas de la enfermedad han desaparecido -especialmente la fiebre-, se puede intentar una recuperación física progresiva. Es también útil hacer algún tipo de gimnasia suave de mantenimiento en casa, movilizando las extremidades y realizando flexiones, siempre en la medida de lo posible y si nuestro estado no está muy deteriorado. También conviene controlar periódicamente el peso. La dieta debe ser equilibrada y sólo bajo prescripción médica se valorará el empleo de polivitamínicos.
Esta enfermedad puede producir diversas complicaciones, como aumento de las enzimas hepáticas, es decir cierta hepatitis. También puede producir una inflamación del bazo o 'esplenomegalia', ya que éste es un órgano muy rico en tejido linfoide o del sistema de defensa. Una complicación muy rara y grave también puede ser la ruptura del bazo. Debido a la inflamación que presenta, su tejido se vuelve muy frágil y puede quebrarse ante el mínimo traumatismo. Ello ocasiona un dolor abdominal muy agudo que necesita de una valoración médica urgente.
En otras ocasiones se producen manifestaciones cutáneas. Concretamente, una erupción diseminada por el cuerpo, sobre todo cuando se administran ciertas sustancias como la amoxicilina -un antibiótico muy utilizado en procesos otorrinolaringológicos- o la ampicilina. Al pertenecer a un grupo de virus con cierta propensión a infectar también células del sistema nervioso, se desarrollan a veces complicaciones neurológicas en forma de neuritis o encefalitis.
La sospecha suele ser inicialmente clínica, ante la presencia de un chico o chica joven con un proceso febril importante, faringitis y un malestar general intenso, muchas veces con un desarrollo lento de la enfermedad.
El diagnóstico
En los análisis suele observarse un aumento de las enzimas hepáticas, aunque son más características las alteraciones del hemograma, concretamente de la fórmula leucocitaria. Se da un incremento o descenso de los leucocitos, que se acompaña muchas veces de un aumento de tamaño de un tipo determinado, los linfocitos, que al microscopio adquieren un aspecto grande y con un núcleo prominente. Para llegar al diagnóstico es preciso objetivar el contacto o la presencia de ese virus por la detección de anticuerpos específicos. Se les identifica mediante el contacto de la sangre del paciente con células de otra especie, si se observa una reacción que suele ser de aglutinación. Esta prueba también lleva el nombre de su descubridor, Paul Bunnel.
El tratamiento de la mononucleosis suele ser meramente sintomático, es decir, se limita a controlar los síntomas, como la fiebre y el dolor. Para ello se pueden emplear antitérmicos y analgésicos como los antiinflamatorios y el parecetamol -incluso combinando ambos para aumentar el efecto-. Para administrar otros antitérmicos de acción más potente debe consultarse a un servicio médico por los posibles efectos secundarios, como la caída de la tensión arterial o cambios en el hemograma). Ahora bien, aunque no existe un tratamiento específico de la enfermedad, en determinadas poblaciones de riesgo se emplean antivirales por el riesgo de desarrollar complicaciones serias de esta enfermedad.
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